
LA VIDA DE LIANG
(Nota de la escritora: Los sucesos que se narrarán a continuación son anteriores a El misterio del brazalete y en este relato llegaremos a conocer mucho mejor a Liang y las aventuras que vivió antes de encontrarse con Corín. ¿Qué cómo ha llegado esto hasta aquí? Sin duda, algún habitante de Eilidh dotado de una mente muy poderosa quiere que conozcamos bien a Corín, Liang y Marcus, tres niños muy especiales y que sus hechos y vivencias marcarán la historia de por vida)
(Nota aclaratoria: Todos los sucesos que leeréis en el blog son anteriores a El Misterio del brazalete, pero os puedo asegurar que las aventuras de Marcus, Liang y Corín son mucho más intensas, misteriosas e intrigantes en la saga de libros que en estos relatos, ¡que disfrutéis le lectura!)
EL COMIENZO DE UNA NUEVA VIDA
©Lucía González Lavado
Era una tarde soleada y primaveral. El calor ya empezaba a cobrar más fuerza debido a la cercanía del verano y Liang, un muchacho de once años, caminaba por el arcén hacia su casa en La Aldea de los Robles. Era un chico tímido y callado, diferente a los demás pues pertenecía a Eilidh un mundo especial y diferente.
Esa mañana, tras acabar sus clases, se dirigía a casa deseando que las vacaciones de verano llegaran por fin, y cuando llegó a su casa, su padre le estaba esperando. Era un hombre alto e imponente, viudo desde hacía dos años. La madre de Liang había muerto, aunque él aún desconocía la causa de su fallecimiento.
—¿Qué tal las clases, Liang?
—Aburridas como siempre.
—Hola Liang —interrumpió un hombre la conversación de padre e hijo—. Espero que en Eilidh las clases no te parezcan tan aburridas.
Lian no supo qué decir. Ante él, de la cocina había aparecido Adrián, el miembro honorario de la organización los Pegaso, aquel sobre quien recaía toda responsabilidad y cuidado del mágico mundo de Eilidh y muchas más tareas que Liang desconocía.
—¡No, por supuesto que no! —habló Liang entre tartamudeos—. Estoy deseando que mi padre me deje asistir a Eilidh no sólo como su hijo, sino siendo ya participe, que mis dones sean activos y poder usar toda la magia que me rodea.
Adrián sonrió y alborotó la cabeza del chico.
—Seguro que sí. Ahora ve arriba y ponte a estudiar que tu padre y yo debemos hablar.
Liang lo hizo sin replicar, aunque no obedeció a Adrián. Aguardó en el descansillo, a la espera de escuchar aquello de que hablaban.
Long y Adrián esperaron unos segundos y continuaron con la conversación que el muchacho había interrumpido.
—Long, tu hijo tiene edad más que suficiente para empezar sus clases, mientras más aplacemos lo inevitable será peor, mucho más le costará agilizar el poder que tiene oculto. Además, los dos sabemos que este lugar no es para Liang.
—¡No voy a trasladarme a Eilidh! Puede ser un mundo que esté rodeado de mucha belleza pero también he visto su parte más cruda, la he vivido en mis propias carnes y mi hijo está pagando por esa crueldad y maldad que permanecían escondidas.
—Lo sé, lo sé —intervino Adrián en tono tranquilo—, y no te estoy pidiendo que te traslades, sólo que dejes que se le entregue a Liang el colgante, que se le asigne un tutor y empieze a controlar sus dones, sólo eso. Sabes que él sería más feliz de esa manera, incluso haría amigos, en cambio aquí, está solo.
Long meditó unos minutos. Adrián tenía mucha razón, lo admitía, y sabía que Liang sería mucho más feliz de esa manera, pero le daba miedo la parte oscura que Eilidh podía llegar a desprender.
Dubitativo miró a Adrián.
—Hay algo más, ¿verdad?
—Sí. No quería asustarte pero ellos, nuestros poderosos enemigos, parecen haber renacido con más fuerza y temo por todo aquel que esté destinado a viajar a Eilidh, Liang es uno de ellos, sabes para qué pueden utilizarlo. Pueden volverlo de su bando, trasformarlo en una sombra, una bruma, un espectro, llámalo como quieras, pero lo pueden hacer y tú ni te enterarais —añadió e hizo una pausa. Terminó de beber el café que el mismo se había servido—. Te he advertido porque me veía en la necesidad de hacerlo y ahora, he de seguir informando a nuestros compañeros sobre nuestra situación. Buenas tardes, Long.
Adrián se marchó dejando a un preocupado Long en el sofá y a un inquieto Liang en las escaleras, que apresurado volvió a su habitación en la buhardilla.
La tarde trascurrió con calma, pero con la llegada de la noche, cambió. Padre e hijo estaban cenando en la cocina, sumidos en un turbio silencio, cuando Long se levantó y recogió los platos.
—¡Aún no he terminado!
—Lo harás luego. Voy a llevarte a Eilidh y te someterás a la prueba.
Liang dio saltos de alegría y cuando su padre le entregó el colgante en forma de media luna creciente se le humedecieron los ojos. Impaciente siguió a su padre hasta el bosque, donde ambos cerraros sus manos sobre los amuletos. El mundo de Eilidh, al que viajarían mediante una extraña magia creada por los colgantes, estaba suspendido en un plano dimensional muy lejano, puede que en otro planeta; nadie sabía explicar su lugar de origen, pero siempre que querían viajar a él debían hacerlo estando rodeados de naturaleza.
Los colgantes de Liang y Long brillaron y todo cuanto les rodeaba desapareció. Aparecieron en un espacio blanco por el que avanzaron sin vacilar hasta llegar a otro bosque muy distinto al dejado atrás. Allí las plantas eran gigantescas; margaritas, amapolas, todo era enorme, Liang se sentía empequeñecer a su lado, pero también le gustaba admirarlas. Según fueron avanzando dejaron atrás las flores gigantes dando paso a un sendero rodeado de árboles que portaban hojas en tonos rojizos y azulados, no eran árboles comunes, Liang conocía su historia pero olvidándose de ellos corrió lo que quedaba de sendero hasta encontrarse frente a la mansión. Era de piedra roja, forma cuadrada y compuesta por muchísimas ventanas con alfeizas blancas. En las puertas dobles de nogal que daban a su interior había labradas dos figuras de dos unicornios levantados sobre sus patas traseras; ese lugar era la mansión donde los miembros de los Pegaso se reunían y decidían lo mejor para sus ciudadanos.
Long y Liang entraron en la mansión y caminaron por sus largos pasillos hasta llegar a la puerta donde todos los chicos se sometían a la prueba. Allí había un joven que vestía vaqueros y camisa blanca que sobresalía de sus pantalones. Su pelo era castaño, cortado de mala manera y caía sobre sus hombros. En cuanto miró a Long, sonrió y le tendió la mano.
—Sabía que tarde o temprano, a lo largo del día, vendrías —dijo Cristian y sonrió a Liang—. ¿Preparado?
—Llevo toda mi vida esperándolo.
—Pues vamos allá.
Cristian empujó la puerta y dieron paso a una gran sala donde la niebla crecía bajo sus pies. Cuando alzaban la cabeza no veían techo y era como estar dentro de un bosque en pleno invierno. Al fondo de la misma sobresalía un tubo cilíndrico compuesto por un orificio.
Liang, impaciente, se dirigió hacia ellos y miró a los hombres.
—¿Por qué estás aquí, Cris?
—Adrián me comunicó vuestra reunión, estaba seguro de que no dejarías más tiempo a Liang sin aprender a defenderse y me dejó a la espera de tu llegada para asignar al chico el mejor tutor.
Los hombres miraron a Liang y se alejaron unos metros.
—¿Tan mal están las cosas? —preguntó Long—. Es casi medianoche y Adrián no ha regresado.
Cristian, lamentablemente, asintió y se dirigió al muchacho.
—Bien, Liang, procede. Sé que conoces el procedimiento porque lo has visto en muchas ocasiones. Introduce la mano en el cilindro y esperaremos a que se ilumine.
Liang asintió y con cuidado introdujo la mano. Esperó unos segundos que se le hicieron eternos para finalmente sentir un leve cosquilleo. El cilindro se iluminó y extraños grabados aparecieron en el metal.
Cristian se acercó a Long y le susurró:
—Posee dos dones y estás leyendo cuales son. Yo los domino a la perfección, en especial aquel que es más complicado y puede costarle la vida si no lo maneja bien. Si estás de acuerdo, yo me convertiré en su tutor.
—Me parece bien. Liang vendrá mañana después de clase y prométeme que le inculcarás todo lo necesario para hacer frente a cualquier amenaza.
Cristian asintió y el chico se acercó a ellos.
—¿Qué poder tengo?
—Cristian será tu tutor y él decidirá cuando debe comunicártelos. Ahora volvamos a casa.
—Pero yo quiero saber que poder tengo, ¿levitar, telequinesia, psicofragia?,¿cuál? Por favor, decídmelo.
Cristian rió y pasó su brazo por los hombros de Liang.
—Te prometo que si eres buen alumno te comunicaré en breve que poder tienes.
Liang asintió feliz y siguió a su padre. Durante el trayecto el muchacho habló sobre todos los dones que conocía y barajar la posibilidad sobre el que él podía dominar, pero Long no le dio ninguna pista, sólo sonrió. Hacía mucho tiempo que no veía tan feliz a su hijo y se alegraba, a pesar de tener muy en cuenta los peligros que a partir de ahora podrían rondarle. Se obligó a dejar de pensar de esa manera y una vez estuvieron en casa terminaron de cenar, aunque Liang estaba demasiado eufórico para probar bocado y habló continuamente.
—Ya vale por hoy, Liang, seguro que Cristian podrá responderte a muchas preguntas. Él es tu tutor y sobre él recae la responsabilidad de enseñarte todo cuanto esté en su mano.
—¡Jo! —respondió el chico desilusionado—. Pues tendré que esperar a mañana, ¡voy a tirar la basura!
Liang tomó la bolsa y salió de casa. El contenedor quedaba en una zona muy oscura, en la que en un principio le pareció más aterradora que otras noches, pero no había nada, se dijo y con grandes pasos se dirigió hacia él. Levantó la tapa del cubo y dejó caer la bolsa. Entonces escudriñó en las sombras reparando en una bruma que levitando se dirigía a él. En aquel ser andrajoso sólo resaltaban sus ojos rojos, y amenazante, aullando con firmeza, se dispuso a atacar a Liang.
Continuara…
(Nota de la autora: ¿Podrá Liang enfrentarse a ese monstruo que ha aparecido de entre las sombras? Aún tendréis que esperar un poco para tener la respuesta, porque el próximo en contarnos su historia será Marcus.
Esta semana prometo subir la respuesta de las preguntas que me habéis enviado y por el momento no comunico fecha de subida del relato de Marcus, ya que en breve me tomaré unas pequeñas vacaciones. Seguiré informando.)