
LAS AVENTURAS DE MARCUS III
©LUCÍA GONZÁLEZ LAVADO
(Nota de la autora: Los sucesos que se narrarán a continuación suceden antes de “El misterio del brazalete”. En la próximas líneas conoceremos el final de la amistad de Corín y Marcus, el comienzo de la amistad de Liang y Marcus y todo cuanto los amigos vivieron en Eilidh antes de su reencuentro con Corín)
(Nota aclaratoria: Todos los sucesos que leeréis en el blog son anteriores a El Misterio del brazalete, pero os puedo asegurar que las aventuras de Marcus, Liang y Corín son mucho más intensas, misteriosas e intrigantes en la saga de libros que en estos relatos, ¡que disfrutéis le lectura!)
Las anteriores partes de los relatos podéis leerlas aquí:
Las aventuras de Marcus I
Las aventuras de Marcus II
A Marcus le sobresaltaron los mensajes, ¿de donde venían?, ¿quiénes le hablaban? Y lo peor aún, ¿qué le acechaba?
Ignorando las voces se encaminó hacia su casa pero de repente todo le parecía más lejano y oscuro. Ni siquiera se había dado cuanto de lo lejos que había caminado hasta ahora, pues las luces de su hogar se le presentaban muy lejanas.
Asustado empezó a correr haciendo oídos sordos a los ruidos del bosque, con la mirada en las luces cuando la negrura absorbió todo cuanto le rodeaba. La oscuridad se había vuelto más cerrada, lo árboles había desaparecido, también el camino y su casa, mas no las voces, que sigilosas aún le susurraban:
«No te dejes confundir»
«Cierra los ojos y camina, sigue nuestras indicaciones»
—¿Quién eres? —gritó asustado—. ¿Quién hay ahí?
La respuestas llegó también en forma de susurro:
«Estamos en todas partes. A tu alrededor, e incluso en el suelo, bajo tus pies»
«¡Somos la naturaleza!»
Marcus, angustiado, y completamente seguro de que se había vuelto loco, corrió. Los mensajes de la supuesta naturaleza le seguían llegando pero él los ignoraba y corría en la más absoluta oscuridad, tropezando en ocasiones, pero levantándose con decisión para escapar de allí hasta que las fuerzas le flaquearon. Ya no podía más y se detuvo para hacer una pausa. Entonces escuchó un jadeo, un aliento gélido en su nuca.
Había alguien o algo detrás de él; lo presentía, no era normal y con el corazón acelerado dio unos pasos hacia delante, pero una garra se cerró sobre su hombro haciéndolo girar. Al hacerlo se encontró con un engendro que emergía de un agujero que se había creado en la nada; sus dedos eran huesudos, vestía harapos y de su rostro únicamente apreciaban sus ojos rojos como la sangre.
Entonces gritó; estaba realmente asustado, no podía más y pidió auxilio, aunque nadie vino en su ayuda. Parecía como si el grito se lo hubiera tragado las mismas sombras y el ser se iba abriendo paso de entre el agujero. Primero sacó una pierna, luego la otra extremidad y la impresión fue tal que una vez más, y antes de perder el sentido, pidió ayuda desesperadamente.
El joven cayó al suelo y en la semi inconciencia sintió como un gélido frío penetraba en su cuerpo, notaba que le estaban arrebatando algo de él, pero entonces escuchó voces. La terrible sensación desapareció y juraría que incluso había sentido unos brazos rodeándolo.
Cuando despertó era por la mañana, estaba en su habitación, pero no solo, pues sus padres estaban con él. Fue su progenitor quien tomó asiento en la cama; los primeros rayos del amanecer ya comenzaban a filtrarse y Marcus tenía un vago recuerdo de lo sucedido. Como si hubiera sido una pesadilla…, puede que hubiera sido eso, un mal sueño, pero algo en la expresión de su padre le dijo que no era así.
—Marcus, hoy tengo que entregarte esto —comenzó dejando caer en sus manos un colgante en forma de media luna—. Durante mucho tiempo siempre no has preguntado porque tanto tu madre como yo llevábamos estos objetos y ha llegado el momento de que lo conozcas.
—Cariño —intervino su madre—. Ahora estás muy cansado y puede que apenas recuerdes que pasó anoche, pero nos gustaría que hicieras el esfuerzo.
El joven suspiró y les contó a sus padres la verdad —a pesar de lo descabellada que le parecía— y en especial lo de las voces.
—¡Escucha a la naturaleza! —añadió Orlando mirando a su mujer—. Y a una edad muy temprana, sin duda debe acudir a Eilidh cuanto antes.
—¡Esperad, esperad, esperad! —interrumpió Marcus con el ceño fruncido—. Eso de Ei…Eilidh, qué es, ¿un tipo de internado?
—No, por supuesto que no —respondió Angelica—. Es un lugar que te gustará mucho, al que tu padre y yo vamos en ocasiones, pero que también queríamos retrasar tu ingreso todo cuanto pudiéramos. Sin embargo…, los sucesos de ayer.
—¡Ayer no pasó nada! —replicó—. Solo me perdí en el bosque.
—No hijo, ojalá hubiera sido algo tan sencillo como eso —dijo Orlando realmente preocupado—. Durante unas horas estuviste sumergido en la oscuridad, en un plano dentro de nuestro mundo…, creí que te habíamos perdido y he decidido que ya no podemos esperar más. Esta misma noche partiremos a Eilidh y empezará tu instrucción, tienes que estar listo para hacer frente al mal, que por desgracia, nos afecta.
Marcus miraba a sus padres como si no estuvieran en sus cabales: universos paralelos, tragado por la oscuridad, hablar con la naturaleza…, hacía años que había dejado de fantasear con esas cosas, con ser un chico especial y ahora sus padres no dejaban de meterles fantasía y extravagancias en la cabeza.
Finalmente Orlando y Angelica dejaron a Marcus descansar, quien tenía demasiadas cosas en que pensar como para dormir. Mientras miraba el colgante en forma de media luna, al que su padre le obligaba a no separarse, no dejaba de pensar en Corín. Se había ido y ni siquiera sabía si volvería a verla; derramó lágrimas silenciosas por la perdida de su querida amiga y el sueño se hizo con él. Cuando despertó ya estaba atardeciendo y hambriento bajó a la cocina donde encontró una nota de su madre.
«Cariño, he ido a hacer unos recados, como estabas tan agotado no he querido despertarte. Tienes la comida en el frigorífico. Y recuerda no salgas de casa, espera hasta que llegue tu padre para que podamos mostrarte Eilidh»
El joven gruñó al leer el extraño nombre y mal humorado se comió la lasaña que su madre le había preparado mientras los últimos rayos del atardecer se filtraban por la ventana.
Ya pasaban de las diez y sus padres seguían sin regresar; Orlando estaba reunido con la editorial para la que trabajaba y Angelica con unas amigas, y Marcus, desobedeciendo a sus padres, salió a tirar la basura.
La noche era despejada y una gran luna llena iluminaba los alrededores, una luna que incitaba a mirarla y de repente, la joya que colgaba de su garganta brilló con tanta intensidad que le cegó durante unos segundos. Cuando abrió los ojos se encontraban en un gran túnel de luz blanca y aunque estaba asustado, no tanto como la noche anterior. En aquel entorno se respiraba calma. Al abandonarlo se encontró en un bosque de plantas gigantes. Margaritas, rosas, claveles, todo era enorme y le gustó admirarlo pues nunca hubiera pensado que existiera algo tan mágico. Sin embargo, su disfrute se acabó cuando le gritaron.
—¡Eh tú! —le gritó Cristian—. Yo te conozco…, eres Marcus, ¿verdad? Hijo de Orlando y Angelica —afirmó pero el joven no dijo nada—. No deberías haber aparecido así de repente, tu padre te tendría que haber acompañado.
Marcus pensaba replicar pero entonces, tras el hombre que le gritaba, y en el tallo de una flor gigante, vio aparecer un pequeño agujero. Éste se hacía cada vez más grande y unos lánguidos dedos comenzaron a asomar.
Asustado retrocedió y empezó a correr si mirar por donde iba hasta que alguien se cruzó en su camino y ambos fueron a parar al suelo. Ya en éste Marcus se dio por vencido, fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo, no tenía escapatoria.
(¿Quién se habrá cruzado en el camino de Marcus?, ¿será amigo o enemigo? La respuesta en el próximo relato y recordar el siguiente es otra entrega de “El diario de Corín”)
También recordar que todos estos relatos son anteriores a El Misterio del Brazalete, que si os quedáis con ganas de seguir las aventuras de estos tres chicos tenéis el libro a vuestra disposición. Muy pronto estará disponibles Las Puertas Secretas, la segunda parte de esta mágica trilogía. Os seguiré informando.

